domingo, 29 de marzo de 2009

Tedio

Me atrajo el alero tan junto a la calle. Atrás. Jardines sin
bancos, sin paseos, sin piedras. Todo había ya dormido
bajo la tarde. Sólo las guías y las hojas nuevas manteníanse
alertas a los sonidos internos: cucharillas de blanco metal
sonaban contra los vidrios. Prisioneras, se rompían entre
los dedos las tazas de porcelana. Una niña movía una ban-
dera de ayuda sobre la terraza. Desesperado, tiré del cor-
dón y rompí la campana.

Cuidadores

Desde el bacón colgaremos los pies para contemplar me-
jor el brillo de los paraguas negros. Pequeños sombreros
de papel cubrirán pobremente nuestras cabezas. Sentados
sobre la baranda, con las manos cobijadas bajo los faldones,
vaciaremos a coro un hueco para que no se apague el buen
cirio. Seremos los primeros cuidadores del frío y del grani-
zo de Invierno.
resguardaremos los caminos hasta que se agote la enor-
me pena. A los necesitados les entregaremos ladrillos y
paracaídas. Los niños mojados podrán seguir navegando.
Al amanecer cambiaremos los sombreros por otros de plu-
más largas. Así, de vuelta a la ciudad, al mejor rincón de la
casa. Al comienzo nos preguntarán tantas cosas como al
volver por primera vez del trabajo. Ahora los pisos estarán
gastados y no gemirá la música en los molinos de antaño.
en torno al fuego iremos dejando las fábulas de nuestros
recientes quehaceres. Juntaremos los sombreros y canta-
remos acordes inéditos hasta la próxima caída del rayo.

(De “Cuidadores”, 1959)

Nunca

El niño pasea por prados lejanos y demoraría vidas esperar su arribo que se entretiene. Canta, salta y se moja en el agua desconocida de los animales. Penetra las tinieblas con preciosa bolsa y sonríe al junco que lo desliza seguro por la huella de pies grandes. Y como no conoce mercados ni luces enfermas, no visita las fiestas prisioneras de los pueblos.

Las madres prometen largos juegos cuando él llegue. Los hombres trepan, buscan, tallan alta silla, y se piensa en un futuro que asegure que esa cortina será la gracia de la calle. ¿Y el escudo? Ese ya está ocupado por el señor y la dama de colores.

Los hijos solitarios han elevado un mirador. Arriba, con sus primeros peinados, escudriñan con gestos y juegos el mismo racimo. Excitados por lo que suponen ya cerca, con gritos reclaman a los atrasados que corren portando sus ruedas y cañas.

Pero el niño pasea por prados lejanos y demoraría vidas esperar su arribo que se entretiene.

La ballena

La ballena había perdido un ojito el Invierno pasado, y nadaba de costado, perfectamente, escudriñando los pormenores que guarda el océano. Cuando se cansaba, volvíase sobre su perfil izquierdo y, así, quedábase adormida. Luego, aproximándose ya la tarde, hora en que la luz se extingue en las aguas, con ligero movimiento de su aleta hundíase en las profundidades y no precisaba nadar mucho para alcanzar la roca azul de su reposo, a la puerta de la cual se tendía llenando los corales de burbujas.