Me atrajo el alero tan junto a la calle. Atrás. Jardines sin
bancos, sin paseos, sin piedras. Todo había ya dormido
bajo la tarde. Sólo las guías y las hojas nuevas manteníanse
alertas a los sonidos internos: cucharillas de blanco metal
sonaban contra los vidrios. Prisioneras, se rompían entre
los dedos las tazas de porcelana. Una niña movía una ban-
dera de ayuda sobre la terraza. Desesperado, tiré del cor-
dón y rompí la campana.
domingo, 29 de marzo de 2009
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